TESTIMONIO DE FÉLIX GARCÍA MATARRANZ

Conocí a Juan Pedro  en septiembre d 2002. Trabajé con él en la parroquia de Santa Teresa  durante un año. En el trato diario, fui conociendo más a fondo la calidad humana, cristiana y sacerdotal de este hombre extraordinario. Le estaré sinceramente agradecido por todo lo que aprendí  de él. Comprendí cuánto le tuvo que costar tomar la decisión de dejar Roma, ciudad en la que vivió 30 años como colaborador y hombre de absoluta confianza  del Padre Lombardí- promotor del Concilio Vaticano II y fundador del Movimiento por un Mundo Mejor-,  para servir a la diócesis en los fríos pueblos de  La Granja y Valsaín. ¡Qué contraste tan enorme y cuántos sacrificios tuvo que afrontar para asumir el silencio y la soledad! Toda una peregrinación por el desierto. Pero se trajo   consigo todo un bagaje de experiencias  y un conocimiento  muy rico del mundo que recorrió varias veces -su viaje por el Reino- y de su prolongada  estancia en Roma. Conoció a fondo las luces y las sombras de la ciudad de los papas. Precisamente, fue este conocimiento el que a un dirigente del MMM le arrancó esta frase  que él hizo suya: “Iglesia cuánto te amo por lo que eres, pero cuánto me dueles por lo que no eres”. Fue un predicador incansable de la renovación de la Iglesia según las directrices del concilio Vaticano II que él conocía como pocos. Sólo, en contadas ocasiones,  sus homilías no estaban enriquecidas  con citas de alguno de sus documentos. Testigo de ello son los feligreses que le escucharon en La Granja-Valsaín, Santa Eulalia y la UPA Cristo del Mercado y Santa Teresa.
Juan Pedro era un apasionado de la espiritualidad del Reino siguiendo las huellas de su maestro el Padre Lombardi.  El Reino de Dios fue ciertamente el motor principal de su existencia y lo que dio unidad y armonía a todo su ser y quehacer. Le gustaba hablar del Reino de Dios en lugar de la Iglesia de Jesús. Lo hacía con conocimiento de causa.
Y quiero terminar estas líneas diciendo que Juan Pedro fue un hombre limitado y probado. Aunque cansado y agotado, no sabía decir nunca que no. Esa fue la causa de su progresivo agotamiento y de su pascua final: oscuridad y soledad interior, sufrimiento y duda, dolor y enfermedad fueron, por último, un beso de Jesús, una señal de que Juan Pedro estaba muy cerca de Él en la Cruz. Siempre nos despedíamos con esta frase que fue uno de los lemas de su vida: “Aquí estoy, Señor para hacer tu voluntad, como soy y como estoy”. Gracias, Juan Pedro, por tu amistad y confianza, por tus trayectoria vital y  por tu entrega incondicional y por tantas, tantas cosas… Gracias de nuevo por tu amistad.

 

Félix García Matarranz